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TAO TE CHING (Octogésimo primer umbral – Los engaños del Camino)

Principios del siglo XX. Estaba paseando por las calles de la ciudad cuando mi atención se centró en un cartel que anunciaba la presentación de un famoso ilusionista en el Hipódromo de Nueva York, el teatro más grande de la época. Había una promesa de hacer desaparecer en el escenario un elefante que pesaba más de cuatro toneladas. No le di mucha importancia. Más adelante, en una plaza, me di cuenta de que la gente solo hablaba de esta presentación. El mago se había destacado como un gran escapista, logrando deshacerse de esposas, cadenas y camisas de fuerza, incluso estando sumergido en un tanque de vidrio ante la mirada de un público atento y tenso por el riesgo inminente de muerte del artista. Nada parecía detener la habilidad de ese hombre, dispuesto a sorprender al público incesantemente. Corría la leyenda de que tendría poderes sobrenaturales. El espectáculo comenzaría en menos de una hora. Me dirigí hacia allí.

El teatro estaba lleno. Las entradas, agotadas. Me resigné por no poder asistir a la presentación. Observé tanto a las personas que, emocionadas, esperaban en la cola para entrar, como a las que, decepcionadas, lamentaban la imposibilidad de ver el espectáculo. Ya había decidido salir de allí cuando se me acercó un hombre de unos setenta años, un gran bigote canoso y modales elegantes, tanto en la vestimenta como en el trato personal. Muy amable, me preguntó si quería asistir al evento. Respondí que sí con la cabeza. Me mostró dos entradas y me dijo que lo acompañara. Feliz, obedecí. Nuestros sillones estaban en el centro y cerca del escenario, para tener una excelente vista del espectáculo. Ya acomodados, agradezco la amabilidad. Su respuesta fue interesante: «Multiplicamos al dividir». Entonces, la sirena sonó por tercera vez y las cortinas se abrieron. Además de varios otros trucos, el mago cumplió su promesa de hacer desaparecer al enorme elefante a pocos metros de mis ojos. El público estalló en aplausos y delirio. A mi lado, con una deliciosa sonrisa en la cara y aplaudiendo con ganas, el hombre comentó: “El escenario y la vida tienen aspectos similares. La representación de la realidad, a veces, tiene el poder de convertirse en la realidad misma. Dependiendo de la forma en que interpretamos a las personas y las situaciones, de nuestra capacidad para elaborar las experiencias vividas y de la importancia que le damos a las cosas, hace que la ilusión se extienda hasta el punto de eclipsar la verdad y ocupar su lugar. Aunque sea exprimida, olvidada o abandonada, la verdad nunca dejará de existir y cobrará un alto precio por su distanciamiento”. Pregunté qué precio sería ese. Respondió de inmediato: “Seremos incapaces de realizar la lectura perfecta entre el bien y el mal. Por lo tanto, de discernir el bien del mal. Lejos de la verdad, lejos de la luz”. Hizo una pausa antes de concluir: “Nada más catastrófico que aceptar un error como si fuera verdad. Los daños son inconmensurables. Se trata, a diferentes niveles, de una práctica común a la vida de todas las personas. Cuanto más oscuro sea la comprensión de la verdad, más constantes serán los desencuentros, confusiones y fracturas existenciales».

El artista agradeció al público y las cortinas se cerraron. Salimos del teatro sin intercambiar palabras. Ya en la calle, al mencionar que se despediría, interrumpí su gesto para hacerle una petición. Quería hablar un poco sobre engaños y verdades. El tema me interesaba. El hombre sugirió que fuéramos a una cafetería recién inaugurada, cerca del teatro, famosa por importar granos de Brasil. Seguimos por la Sexta Avenida hasta la Rua 34, donde se encontraba el Repúblic. Era un lugar agradable y bien decorado. Al fondo, una joven extraía del piano una melodía aún poco conocida en la época, el jazz. Los sillones eran cómodos y el café de excelente calidad. Para iniciar la conversación, pregunté el motivo de ese comentario en el teatro. Explicó: “Escribí novelas que alcanzaron un éxito impensado. Soy cronista en un periódico de gran circulación. Esto hizo que mucha gente se acercara a mí. También hizo que muchos otros se molestaran conmigo. He escuchado de todo un poco. Aprendí que, si no todas las críticas son justas, no todos los elogios son merecidos. Entendí el valor de filtrar las palabras para extraer los restos de todas las equivocaciones y decodificar las intenciones detrás de cada frase. Las palabras buenas no son las bonitas, pero las verdaderas. Estas nos muestran los errores y abren el camino de la mejora personal. Las palabras bonitas no son necesariamente buenas. Los discursos agradables suelen tener el poder de hacer que el orgullo sea más fuerte. Por otro lado, las buenas palabras duelen cuando tocan las heridas abiertas del alma. No siempre estamos dispuestos, o listos, para enfrentar el desafío de la curación. Los cambios requieren coraje y abnegación. No son fáciles, pero es lo que trae color a la vida. Nos gustan las palabras bonitas que tanto lustran la vanidad. Nos sentimos más grandes y mejores de lo que somos. Y es en este punto donde reside la mayor debilidad. Somos tan poderosos como la menor de nuestras debilidades”. Luego hizo una advertencia: “Sin embargo, hay que tener cuidado. Para ser buenas, las palabras verdaderas nunca pueden servir como instrumento de agresión. Las buenas palabras movidas por la verdad sirven para la deconstrucción de los engaños, abriendo espacio para una construcción posterior bajo diferentes fundamentos, nunca siendo vehículo de destrucción y ruinas. La diferencia está en la maldad o en la generosidad de quien las pronuncia. La buena palabra ofrece y agrega, nunca quita o resta. Anima, revela y transforma sin ofender ni acorralar nunca. Si la palabra no es buena en los labios significa que la verdad aún es inmadura en el corazón».

Le pregunté cómo se sentía cuando la gente era dura o las situaciones eran desagradables. El escritor explicó: “Las personas y las situaciones no tienen que ser como yo las quiero. En verdad, nunca lo serán. Sin embargo, necesito ser como necesito y quiero. Y esto depende solo de mí”. Pregunté qué era esa forma. Aclaró: “De modo que pueda hacer todo el bien posible sin permitir que nada ni nadie me entristece o me enfade. Eso no es mío, el mal es de quien lo practica, me digo a mí mismo cada vez que alguien hace algo que considero injusto o poco elegante. Señalo que no me gustó el discurso delicado y firme al mismo tiempo, exponiendo mis argumentos de manera objetiva, serena y clara. Una forma sencilla de no permitir que el mal ajeno se quede en mí. El error o engaño de otra persona solo se convertirá en mío si dejo que se aloje en mi corazón. Hay que tener sabiduría en el manejo de la puerta. Hay tanto amor en abrir para que entre el bien como en cerrar para dejar el mal fuera. Luego, sigo adelante, aunque incomprendido. Aprendí que el sabio no discute ni trata de convencer a nadie de la verdad como la entiende. Nadie puede ver con ojos que aún no tienen. La virtud no es insistente, ni se impone por la terquedad. Si así fuera, no sería una virtud, cuya fuerza es mansa y pacífica. La verdad prospera por el libre pensamiento, siempre estimulado por sentimientos generosos. La rudeza del corazón es la causa primordial del estancamiento de la conciencia”.

Luego continuó: “Me gustan las personas sencillas, cuya principal virtud es desnudarse de los personajes inventados para la admiración pública. Estos son pernósticos, cabotinos y empolados. Hablan de los viajes que hicieron, del patrimonio que han amuntado, de los libros que han leído. Tonterías. Un carpintero puede saber más sobre la verdad que un sultán, general o catedrático. La mayor riqueza es el amor, la conquista fundamental es sobre uno mismo y la lectura más importante es la que dispensa la palabra para la comprensión. La visión aguda sobre la realidad no se adquiere en las bibliotecas, sino en la capacidad de elaborar las experiencias vividas. El sabio no es un erudito, sino aquel que puede aplicar en la vida cotidiana cada aprendizaje que adquiere. Nadie es lo que sabe, sin embargo, lo que hace. No sirve de nada acumular conocimiento sin destinarle una buena aplicación”. Pensé que la lectura daba acceso a conocimientos importantes, capaces de mostrar caminos y posibilidades hasta entonces impensados. El escritor señaló: «Sin duda, los libros ayudan a desentrapar los engaños que nos impiden ir más allá de lo que somos. Las experiencias procesadas por los autores pueden aclarar u oscurecer la comprensión de situaciones aún sin resolver dentro de nosotros. Pueden indicarnos caminos hacia la verdad o a precipicios de engaños, dependiendo de los libros que leamos o de la interpretación alcanzada. El erudito no es necesariamente un sabio. Hay que tener un filtro preciso sobre todas las cosas y letras. Lo que creemos son los caminos del cielo o del infierno que vivimos”. Hizo una pausa para que yo concatenara el razonamiento y continuó: “Sabiduría e ignorancia, esta es la semilla de eso. Ambos residen en la conciencia que, por definición, es la percepción y la sensibilidad de comprenderse a sí mismo y al mundo que le rodea. A su vez, la verdad es la última frontera alcanzada por la conciencia. Lo que nos lleva a entender que la realidad es la lectura del mundo, y de sus infinitas posibilidades, a través de la lente de la verdad. Si la conciencia se expande o se contrae en la medida de los movimientos internos y desplazamientos externos de cada persona, no será diferente con la comprensión de la verdad y con los límites de la realidad. Todas tratan de logros estrictamente personales. El poder de amar más y mejor, sentirse en paz, ser libre, digno y feliz espera como un embrión en la conciencia. Hacer que florezca equivale a la obra de la vida. El gran arte. Ya seas ingeniero o obrero”.

Luego me desconcertó: “La envidia ilustra perfectamente los argumentos anteriores. Es común creer que la envidia está vinculada a la capacidad financiera. A los ojos del mundo, el que tiene menos envidia, el que tiene más. Sin duda, no es raro que tal situación ocurra ante la prioridad materialista que aún reina en las multitudes. Sin embargo, aceptar este razonamiento, sin admitir otras hipótesis, sería considerar a los ricos a salvo de esta triste anomalía en sus personalidades. Un grave error de percepción. Hay un tipo de envidia más profunda y sustancial. No la envidia por lo que la persona tiene, sino por lo que es. Aunque no se comenta mucho, y casi nunca se admite, es común que un individuo millonario, pero con graves trastornos emocionales o de conciencia ante sus errores, trampas y egoísmo envidie a un sujeto simple, humilde, sincero y generoso, pero digno y en paz consigo mismo».

El escritor esperó a que el camarero sirviera el café y continuó: “Hay que distinguir la verdad de la ilusión, para luego priorizar lo esencial en detrimento de lo secundario. Sin entender el sentido de la vida, la expansión de la conciencia se verá perjudicada». Pedí explicar mejor, si es posible, con ejemplos. Era un hombre generoso: “No hay nada malo con el dinero. El meollo de la cuestión radica en su uso. No sirve de nada acumular patrimonio solo para el deleite personal. Debe haber servidumbre. La riqueza debe estar al servicio de la prosperidad”. Pregunté si las palabras no tenían el mismo significado. Dijo que no con la cabeza y explicó: “La riqueza se caracteriza por la gran cantidad de bienes materiales acumulados. La prosperidad tiene como atributo la calidad de los bienes espirituales compartidos a medida que nos movemos a través de los días. La riqueza encuentra el sentido auténtico cuando se aplica para mejorar la vida de todos a su alrededor, servir de instrumento a la luz y, solo así, engrandecer a quien ha entendido la verdadera finalidad a la que está destinada. El libro contable de la vida no registra dinero. Sólo luz”. Bebió un sorbo de café y me sugirió que hiciera lo mismo. Estaba delicioso. Pregunté si la función principal del dinero sería la caridad. Él reflexionó: “La caridad es amor en movimiento. Hay tanta caridad en alimentar a los hambrientos como en generar empleos y, por lo tanto, dignidad y bienestar, con la creación y mantenimiento de un negocio”, amplió la comprensión del concepto. Luego, reflexionó: “Dice el dicho popular que quien no abre la mano mantiene el corazón cerrado. Por eso el sabio no acumula. Ya sea dinero, conocimiento o amor. Abrir la mano no significa solo donar bienes materiales. Necesitamos abrir la mano para abrazar, cuidar, construir, levantar a los que cayeron, secar las lágrimas o servir al mundo de alguna manera. Es imposible vivir el amor con las manos cerradas. El amor no es solo sentimiento, sino principalmente acción y compromiso. Todo lo que no sirve de herramienta para sembrar el amor, en cualquiera de sus mil modalidades, es una ilusión injustificada de poder y riqueza. Cuanto más compartamos nuestro propio corazón en aras de la prosperidad común, más ricos nos volveremos. No por la contabilidad del mundo, sino por los logros que agregan valor al equipaje, el contenido inmaterial que llevamos con nosotros por el camino del tiempo y más allá de él. Este es el poder genuino y la verdadera riqueza”.

Pregunté dónde termina el camino del tiempo. El escritor arqueó los labios en una sonrisa y dijo: “En una ciudad llamada verdad. Un lugar en el que los miedos, los conflictos y el sufrimiento ya no tienen razón de existir”. Pregunté dónde está este lugar. Él respondió de inmediato: “Encuéntrala dentro de ti. De lo contrario, se quedará perdida. No hay otra forma de llegar a esta ciudad que no sea a través del perfeccionamiento personal. Las relaciones son fuente de experiencias fundamentales para el lapidación de la personalidad y el afloramiento de la identidad. Agradece a todo y a todos. Son fundamentales porque nos enseñan sobre el amor que aún no sabemos amar». Quería saber qué exige el camino del tiempo de cada viajero. Fue incisivo: “Nada”. Luego agregó: “El camino del tiempo se entrelaza con el camino de la verdad y las virtudes cuando las alineamos en un mismo viaje. El ego y el alma se unifican en un solo deseo. Las rutas se ajustan a un destino común. Sin embargo, eso no significa que a partir de ahí solo habrá facilidades. El Camino es como una espada de corte cercano. Todo mal es producido por los propios viajeros que se duelan en la ilusión de grandezas vacías y sangran en deseos superficiales de ambiciones desmesuradas. Aunque sea agudo, el Camino no hace daño a nadie. No castiga, enseña. Nunca se extingue, siempre se regenera. Nunca se venga, pero corrige y equilibra. Entrega a cada uno según sus hechos. Cada individuo recibe las herramientas según la necesidad de la obra que levanta; vive las lecciones exactas adecuadas a la propia evolución; encuentra las delicias y los disgustos en la medida de su merecimiento. Ni más ni menos. Sin privilegios ni distinciones. No hay dificultad que no pueda traducirse en aprendizaje. No hay sufrimiento que no oculte en sí mismo el elixir de la curación. Aun así, vale la pena recordar que la ruta de uno, por inconsecuente que sea, no perjudica el viaje de otros viajeros. Por eso el sabio realiza sin disputar. No se queje, pelee o desee llegar delante de nadie. Tampoco se esfuerza por convencer a la gente de su valor. Los logros genuinos son mansos y silenciosos, estructurados en la conciencia para revelarse en movimientos llenos de ligereza y suavidad. El sabio está lejos de los escenarios ilusionistas del mundo, pero cerca de la verdad de la vida. Al practicar el bien movido solo por la alegría de los corazones involucrados, cosecha los frutos en el acto de la siembra. Acción y resultado unificados en un mismo gesto de prosperidad sin esperar los aplausos del público. La gran magia no está en hacer desaparecer un enorme elefante en espectáculos con pompa y lujo, sino en sacar a relucir pequeños gestos de amor en las situaciones cotidianas, invisibles a los ojos del respetable público».

El escritor sacó un reloj del bolsillo de su chaleco. Comentó que tenía otras tareas. Antes de que se levantara, comenté que cuando comencé el viaje por el inconsciente colectivo para aprender sobre el Tao Te Ching, me habían aconsejado buscar una ciudad llamada verdad. Ahora sabía dónde estaba y cómo llegar allí. La realidad tiene los colores y las formas en los tonos y medidas exactos de la capacidad de comprensión de cada viajero, dije. El hombre asintió, pero no permitió que la emoción me robara la razón: “Este viaje termina aquí. Otro viaje, aún más importante, comienza a partir de este punto, en el que deberá utilizar el conocimiento adquirido para perfeccionar la mirada y las elecciones. De lo contrario, todo esfuerzo quedará desperdiciado”. Hizo una pausa antes de avisar: «Es hora de regresar». Le pregunté si se refería a volver a la casa del maestro taoísta donde había comenzado este inusual estudio. El escritor respondió que sí con la cabeza y advirtió: “Poseer una caja de herramientas no hace de nadie un constructor. Es hora de ocuparse de la obra”. Le di las gracias por la última lección y le prometí que haría un buen uso de ese conocimiento. Frunció las cejas y advirtió: “El compromiso debe ser contigo mismo. Sincero y resuelto. De lo contrario, no servirá de nada”. Todo estaba dicho. Era hora de irse. Mis ojos preguntaron a los suyos hacia dónde seguiría. Me señaló la estrecha puerta de madera de la cafetería. Cuando me acerqué, noté que la parte interior estaba artísticamente tallada en forma de mandala. Sonreí y crucé. Paso siguiente, no estaba en la acera de la calle 34, cerca de la Sexta Avenida, sino sentado en la sala de meditación de la casa de Li Tzu, en un pequeño pueblo chino a los pies del Himalaya. La plataforma de llegada era la misma que la del partido. Yo no.

Poema Ochenta y Uno

Las buenas palabras no son bonitas,

Las palabras bonitas no son buenas.

El sabio no discute,

La virtud no es insistente.

El sabio no es erudito,

El erudito no es sabio.

El sabio no acumula;

Cuanto más compartes, más rico te vuelves.

Aunque el camino del Tao es afilado,

no hace daño a nadie.

El sabio realiza sin disputar.

Gentilmente traducido por Leandro Pena.

Yoskhaz

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