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Una sofisticada virtud repleta de otras virtudes

Una de las cosas más agradables para mí era recorrer las calles estrechas y sinuosas de la pequeña ciudad localizada en la falda de la montaña que abriga al monasterio y mejor aún hacerlo de mañana, cuando las calles empedradas están mojadas por el rocío de la madrugada. Aquel día tenía la esperanza de encontrar abierto el taller de Lorenzo, el zapatero amante de los libros y de los vinos. El taller era legendario en la región, ya fuera por la maestría de Lorenzo en coser el cuero y las ideas, o por los horarios inusitados e imprevisibles de funcionamiento, cuyo criterio era simplemente el deseo del zapatero. Cuando volteé la esquina y no divisé su clásica bicicleta recostada en el poste, supe que el taller tendría las puertas cerradas. Pasé por una tienda de revistas próxima y el vendedor me dijo que mi amigo había trabajado toda la noche, que acababa de comprar el periódico y que se había dirigido hacia una panadería próxima de allí. Me alegré ante la posibilidad de tener una buena prosa temprano en la mañana, acompañada de café caliente y pan fresco.

Lorenzo estaba sentado en una mesa al fondo y sonrió cuando me vio. Debidamente acomodado con una taza humeante y una tajada de pan con el delicioso queso de la región derretido por encima, le pregunté qué leía en el periódico. El artesano respondió que se trataba de la polémica con relación a la jubilación diferenciada para algunas categorías profesionales. Mientras una parte de las personas sufría grandes pérdidas financieras al retirarse, otras mantenían sus ingresos integrales sin ser afectadas. Había un gran movimiento para que ambas fueran equiparadas, o sea, para que todos sufrieran igualmente las pérdidas. Comenté que las protestas me parecían justas. Lorenzo me miró por instantes, bebió un sorbo de café y ponderó: “¿No sería mejor invertir el raciocinio? ¿No sería más sensato que en vez de luchar para que todos tengan sus ganancias disminuidas se reivindique el fin de las pérdidas, usando aquellas jubilaciones, hasta entonces privilegiadas, como meta a ser proporcionada a todos?”. Después de algunos segundos de silencio admití, un poco avergonzado, que el zapatero tenía razón. Esto haría con que la lucha se basara en la ganancia y no en la pérdida, en la construcción y no en la destrucción. El zapatero concluyó: “Así pasamos a luchar por la esperanza y no movidos por el odio”.

Volví a concordar con mi buen amigo, sin embargo, ponderé que eso no le quitaba el carácter justo a las manifestaciones. Lorenzo volvió a proponerme una nueva visión: “Esa es la cuestión que me llama la atención y que me parece está más allá del problema de las pensiones”. Le pregunté a qué se refería, pues no había entendido. El artesano explicó: “La justicia es una virtud de apariencia simple, tanto que difícilmente encontraremos una persona que se declare injusta. Pensamos saber lo que es justo. Creemos que la justicia es una virtud natural que nace con las personas; que fácilmente sabemos entregar a cada uno lo que merece”. Lo interrumpí para decir que siempre había tenido aquella sensación. El artesano comenzó a explicar su raciocinio: “En verdad, no es del todo así. La justicia es una virtud compleja y, como tal, precisa de otras virtudes que la complementen. Por esto, necesita del perfeccionamiento interno tanto para su entendimiento como para su aplicación”. Bebió un sorbo de café y prosiguió: “No obstante, sea por causa del instinto movido por condicionamientos ancestrales, sea por las sombras del egoísmo y del miedo, solemos, en primer plano, preservar nuestra supervivencia. Resguardamos todo aquello que denominamos ‘mis derechos’ y, sólo después, nos permitimos mirar hacia los lados. Este es el meollo del problema relacionado con la justicia. Cada vez que veo a alguien hablando sobre sus derechos, la primera pregunta que se me ocurre es cuánto de egoísmo puede estar contaminando aquellas palabras. Comúnmente somos injustos por no entender la profundidad de la justicia. Por esto, es una virtud cuyo alcance requiere esfuerzo y profundidad en la esencia”.

Argumenté que por eso existían las facultades de derecho, algunas muy famosas por la formación académica para la vida profesional de sus alumnos. Lorenzo volvió a ponderar: “No me refiero únicamente al conocimiento jurídico. Las leyes son herramientas importantes de equilibrio social y necesarias mientras la mayor parte de las personas necesiten de control con relación a sus impulsos primitivos”. Le dije que exageraba hablando en ese tono. El zapatero meneó la cabeza en negación y dijo: “No. Mientras sean necesarias leyes para decirnos lo que podemos hacer o no, tribunales para aplicarnos puniciones y presidios para segregar personas, como cuerpo social todavía estaremos distantes de entender la virtud de la justicia. No me refiero a los códigos legales, que son la perfecta fotografía de la realidad cultural de una sociedad. Las leyes avanzan según la evolución de los individuos que están sometidos a ellas. Entre más leyes necesitemos, más salvaje es el estado en el que nos encontramos, al mostrar que aún son injustas nuestras relaciones cotidianas y que todavía necesitamos de delimitación externa. La necesidad de las normas legales se hace incontestable en los días actuales según la exacta medida de nuestra infancia espiritual”.

Levantó las cejas y dijo con seriedad: “Entre más violento sea un animal, más gruesas serán las rejas de la jaula que lo detiene”. Bebió un sorbo más de café y dijo: “Es necesario aprender a vivir sin jaulas o collares. Debemos entender más sobre la justicia”. Hizo una pausa y explicó: “Cuando me refiero a justicia como virtud, hablo de las relaciones cotidianas con el mundo, de las posturas que tenemos en el día a día, de cómo la justicia, se hace presente en las situaciones banales de lo cotidiano y, sin percibirlo, desperdiciamos la oportunidad de ejercerla”.

Argumenté que el tono de su discurso era demasiado melodramático. Él arqueó los labios con una leve sonrisa y dijo: “Apartar la ilusión es el primer paso para comenzar a lidiar con la verdad, y la verdad tiene una relación de absoluta simbiosis con la justicia. Una no existe sin la otra. Solamente al trabajar con la verdad será posible aceptar quien todavía no somos, entender nuestras dificultades, alejar el egoísmo que nos hace pensar que somos personas especiales o superiores. Se hace imprescindible incorporar el concepto de que cualquier derecho que sea exclusivo se vuelve inservible por ser injusto; que todo tipo de elite es fruto de un atavismo fundamentado en la dominación de los demás segmentos de la sociedad. Sin embargo, es muy difícil enfrentar la verdad pues, a menudo, nos muestra que los injustos somos nosotros”. Volví a interrumpirlo para comentar que no es difícil entender la realidad del mundo y sus variadas relaciones injustas. El zapatero objetó: “Sí, es fácil señalar varias injusticias del mundo exterior, ¿y con relación a nuestros pequeños egoísmos de todos los días, nuestras elecciones vengativas alimentadas por resentimientos pretéritos que escondemos bajo la fantasía de la justicia? Me refiero a la dificultad ante la verdad interna, aquella posible apenas cuando el alma está ante el espejo. Es indispensable sinceridad para consigo mismo para que solamente entonces exista honestidad frente al mundo”.

“Sinceridad, honestidad, responsabilidad, prudencia, paciencia, tolerancia, firmeza y moderación son las virtudes que dan soporte y componen la justicia como virtud”. Calló por instantes y complementó: “Además del amor, por supuesto. El amor es la virtud de las virtudes por estar presente en todas las demás. Si el egoísmo es el veneno de la justicia, el amor es el antídoto perfecto. Shakespeare dijo que ‘justicia sin amor no es justicia, es venganza’. La diferencia está en el hecho de que la venganza tan sólo busca la punición, pues está empeñada en devolverle al otro un sufrimiento semejante o peor de aquel que le fue infligido. A su vez la justicia siempre tendrá una finalidad mayor: la educación del individuo. Mientras la venganza sólo desea punir; la justicia se preocupa por rescatar. Para ello es necesario el amor. Debemos siempre pensar en esto al hacer las elecciones o al proferir opiniones, ya que definen la unión con las sombras de la venganza o la conducción a la luz de la justicia”.

Le pedí a Lorenzo que me explicase un poco sobre tales virtudes que integran la justicia y me mostrara una práctica notoriamente injusta. Él levantó las cejas y no se hizo de rogar: “Un buen indicativo de una relación injusta son los privilegios. Donde hay privilegio, de cualquier tipo o especie, no existirá justicia. Los privilegios son vicios ancestrales firmados en la ilusión de supuesta superioridad personal y están tan arraigados culturalmente que, muchas veces, no percibimos su existencia, pero no te preocupes tanto con los privilegios ajenos; dedícate a renunciar a aquellos que ejerces. Es una manera pacífica de evolucionar y cambiar el mundo. Los privilegios son polillas que corroen el tejido social. El mejor remedio es la sinceridad”.

“La sinceridad es la virtud ligada a la verdad con relación a sí mismo. Son muy comunes los engaños del ego por el miedo a enfrentar los contornos del alma, al negar la propia esencia. Se termina aplazando la batalla al no entender el montaje de la trampa cuya presa es la propia plenitud. Por tanto, la sinceridad es una virtud íntima de la humildad. La sinceridad es el compromiso con la verdad que el individuo asume consigo. La sinceridad no permite la creación de personajes sociales; no negocia con la ilusión; ilumina las elecciones al mostrar cuáles son los sentimientos que las mueven. La sinceridad es como una brújula en el sendero del autoconocimiento. Es la virtud de aquellos que aman la verdad. Por todo esto, es primordial a los justos. Solamente entonces, después de sedimentar la sinceridad en sí, será posible ser honesto con el mundo”.

“La honestidad es la virtud ligada a la verdad en las relaciones con los otros. Es la antítesis de la mentira, del fraude, de la ventaja indebida, de la corrupción de los valores morales. Aquí cuando se dice ‘verdad’ no se refiere a la ‘verdad absoluta’, sino a vivir de acuerdo con los conceptos éticos que ya somos capaces de comprender, según el nivel de consciencia. Aunque no evite el error, inherente al proceso evolutivo, excluye la mentira, denotando un innegable avance. La honestidad se traduce en el mantenimiento de la buena fe en todas las relaciones. Ella es aliada de la simplicidad pues no admite estratagemas, disimulos, omisiones o falta de transparencia. No es no; sí es sí. No basta sólo no mentir, sino comprometerse con los detalles de la verdad. Más aún, con la claridad de las intenciones para que la honestidad sea integral”.

Cuando Lorenzo iba a comenzar a abordar las demás virtudes que integran la virtud de la justicia, sus nietos irrumpieron en la panadería corriendo hacia los brazos del abuelo; típica manifestación de amor y alegría por el encuentro. El zapatero, con una amplia sonrisa en el rostro, me miró como quien dice que nuestra conversación tendría el debido tratamiento otro día. Meneé la cabeza y sonreí de vuelta como manera de responder que estaba de acuerdo con él. En seguida entraron la hija y el yerno del zapatero. Todos se acomodaron en la mesa y la conversación pasó por varios asuntos, hasta que uno de los chicos decidió quejarse de la madre ante el abuelo. Le contó que la madre le había prometido una caja de bombones en caso de que respondiera correctamente todas las preguntas en la prueba de matemática. “¿Lo conseguiste?”, quiso saber Lorenzo. El chico confesó que sólo había respondido la mitad, pero que la madre se negaba a darle la mitad de los chocolates a los que tenía derecho. La hija del zapatero intervino diciéndole al hijo que el trato no había sido ese. El niño se mostró molesto con lo que entendía como un incumplimiento del acuerdo. Se declaró irrespetado. La madre dijo que el hijo desvirtuaba lo acordado. El abuelo ponderó que no tenía poderes para intervenir y que en una próxima ocasión ambos deberían ser más claros con relación a sus intenciones: “Lo que se calla puede decir más de lo que se dice” y propuso la pacificación de los ánimos. Contó que en aquella panadería tenían una bebida deliciosa, “tal vez la más rica del mundo”, hecha con leche caliente y repleta de pedazos de chocolates que se deshacían en la boca. La propuesta fue aceptada y el malestar quedó deshecho. Lorenzo me miró, giño un ojo y murmuró: “¿Lo entiendes ahora?”. Sonreí como respuesta. Si el amor es el puente de todas las relaciones, la justicia es el pilar que la sustenta.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

 

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