Atenas, Antigua Grecia. Siglo III AC. Deambulaba por las calles de la ciudad en busca de algo que ni siquiera sabía lo que era. Una suave brisa marina atenuaba el calor de la mañana. Una sociedad vibrante se movía en busca de sus tareas e ideales. Pasé frente a mercados, balnearios, talleres y posadas hasta que mi atención se centró en una hermosa construcción, adornada con frescos en las enormes pilastras publicadas en la entrada del edificio. Ilustraron, entre otros hechos históricos, la victoria de Teseo sobre las amazonas, la Batalla de Enoe y la caída de Troya. La construcción formaba un pórtico colorido, similar a un enorme balcón, donde un hombre, de unos cuarenta años de edad, piel bronceada, desgastada por el sol y la sal del mar, baja estatura, cuerpo fruncido y con cierta deformidad física, daba clases de filosofía. Para que quien pasara por la calle escuchara sus palabras y, si quisiera, pudiera unirse al grupo. Habló sobre el valor de la ética y las virtudes para la conquista de la felicidad. Esas palabras despertaron mi interés. Dijo que nació en Fenicia. Se había convertido en comerciante a una edad muy joven. Reunió dinero y adquirió su propio barco. Creta era el principal puerto donde comerciaba con sus productos. Con los beneficios obtenidos, invirtió en nuevos bienes. Sin demora, fue bendecido por la fortuna. Creía haber alcanzado la felicidad. Hasta que una tormenta traicionera se llevó el barco a la za. Sobrevivió al naufragio, pero perdió todo lo que tenía. “¿Qué es un comerciante sin sus mercancías para comercializar? Si la felicidad tiene el signo de la fortuna, ¿qué le queda a una persona alejada de la riqueza?». Eran preguntas retóricas, que servían para agudizar el razonamiento de los estudiantes e iniciar el arco filosófico que se proponía. Continuó: “Mi deseo inicial era empezar de cero. No faltaba conocimiento y disposición para esto. No habría nada de malo en continuar con esta idea. Sin embargo, si una experiencia no genera aprendizaje, significa que la desperdiciamos. Fue entonces cuando me di cuenta de que la felicidad, antes de aterrizar en las playas de la riqueza, necesita viajar por el océano del amor y la sabiduría. En ese momento entendí que, mientras mi bienestar dependiera de circunstancias externas, siempre ajenas a mi voluntad, el miedo a perder lo que había ganado me haría vivir tormentas en el cielo sin tormentas. No hay forma de escapar de la impermanencia inherente al mundo y a la vida. Donde hay miedo no hay paz ni felicidad. Seguiría a la deriva en los mares del azar y, sin poder evitarlo, navegaría asustado por nuevos e impredecibles naufragios. Aspectos existenciales de tal fragilidad no se cooan con logros tan excelsos como la paz y la felicidad. El mero riesgo de perder lo que considero fundamental para mi bienestar, sin que pueda evitarlo, trae agonía a los días. Por lo tanto, no es difícil entender el absurdo contrasento de la creencia de conectar los bienes materiales, no hablo solo de dinero, sino también de cargos, fama o cualquier otro poder mundano, a las plenitudes, las auténticas riquezas del alma. A saber: además de la paz y la felicidad, son el amor, la libertad y la dignidad. Entendí que no me serviría de nada ser un hombre rico de alma pobre. A pesar del lujo, tendría una vida miserable. Un alma enriquecida hace que el individuo sea fuerte y equilibrado para enfrentar los reveses de la existencia y fluir entre problemas complicados y relaciones difíciles con ligereza y suavidad, extrayendo alegría y aprendizaje de todas las cosas, personas y situaciones, en lugar de agregar heridas, asustarse ante los problemas y encontrar conflictos en cada obstáculo”.
Hizo una pausa por un momento para que la clase concatenara el razonamiento y continuó: “Era necesario construir una forma de ser y vivir capaz de ofrecerme lo mejor de la vida a través de mis entendimientos y actitudes, cuya voluntad y control eran solo para mí. Solo así tendría en mis manos el poder hasta entonces desconocido sobre quién soy, viviría los valores más importantes de la vida y encontraría la dulzura perdida de los días. Quería navegar por los mares de paz y felicidad sin miedo a que otras tormentas pudieran alcanzarme. La solución fue transferirme el poder que siempre había concedido al mundo. Tuve que reelaborar miradas, conceptos y llevar el poder de la vida al centro de la conciencia, donde la verdad florece y genera las virtudes que, en resumen, son las acciones guiadas por el amor y la sabiduría, la ética y el ejercicio del bien. Estos criterios, supuestos en la formación de un nuevo estándar de identidad y personalidad, solo necesitaban el compromiso que asumiría conmigo mismo. Nada más. Este es el eje de la luz por donde transitan las plenitudes. Al comprender que la felicidad reside en la mejor acción -siempre bajo mi control-, nunca en el resultado deseado -porque, esto dependerá de variables externas, fuera de mi dominio-, logré el entendimiento adecuado para la conquista de un tesoro invaluable. Un poder que depende solo de los movimientos internos vinculados a mis percepciones, sensibilidades, decisiones y actitudes. Sin necesidad de la aprobación, permiso o validación de nadie. Una construcción absolutamente interna, de valor inconmensurable e imposible que alguien me tome. Un poder poco conocido, pero a disposición de todas las personas”.
Con un dedo señaló a la mente y con otro señaló su propio corazón y dijo: “Hacer de estos territorios salvajes un reino civilizado donde la libertad, el amor, la dignidad y la paz sean tan constantes como naturales, sin los cuales la felicidad no será posible, debe convertirse en un ideal y un placer. Nunca un sacrificio. Vivir no es fácil, pero la dificultad no tiene por qué robar la alegría de los días. La felicidad no brota del suelo. Es una construcción muy personal. Es decir, nadie puede ceder o transferir a nadie. Cada individuo es responsable de su propia obra”. Ofreció una sonrisa amable a las personas que se detenían para escucharlo desde la calle y continuó: «Hay algunas premisas básicas. La primera de ellas es comprender que las plenitudes son una riqueza inmaterial, tangible solo para la mente y el corazón”. Un estudiante cuestionó si la fortuna era avensa a la felicidad. El profesor fue enfático: “De ninguna manera. El mercader no anula al filósofo, ni se aplica la reciprocidad. En verdad, ambos pueden convivir, ayudarse y completarse en un mismo individuo. En cuanto a la fortuna, todo consuelo será bienvenido, y la recibiré con los brazos abiertos. Sin embargo, me atrevo a saber que solo lo necesario para la supervivencia es fundamental para el bienestar y la miel de la vida. Cada persona es un reino poblado por pensamientos, sentimientos, necesidades, conquistas, frustraciones, alegrías, tristezas, entre otros mil habitantes. Hay mucha belleza y riqueza en convertirse en el soberano de un reino simple, sin excesos, escasez, engaños y mentiras. Sin embargo, lo esencial para el cuerpo y el alma son distintos. Lo básico es suficiente para el cuerpo; el alma necesita aprendizajes y transformaciones constantes». Hablaba de amor y sabiduría, percepción y sensibilidad, virtudes y verdades. De la forma en que viviría contigo y se relacionaría con el mundo. Otro estudiante preguntó cuáles serían los parámetros para definir lo básico de la supervivencia y lo que excedía para volverse superfluo. El filósofo sonrió, como si esperara esta pregunta, y señaló: “Las fronteras serán siempre individuales, determinadas por la conciencia. Lo que tengo que decir, sin miedo a equivocarme, es que cuanto menos necesite, más libre seré. El nivel de necesidad establece el grado de dependencia. Como no tengo control sobre los acontecimientos y las circunstancias externas, la felicidad se aleja de mis manos en la medida exacta de lo que creo que necesito y está fuera de mi dominio. El único control legítimo que tengo es sobre quién soy. Cualquier influencia que pueda ejercer sobre alguien puede significar una usurpación indebida. La reciprocida también se aplica. Así rescate en el mundo un poder que siempre me perteneció, pero que se había perdido en la noche de los tiempos».
La clase estaba agitada con esas ideas revolucionarias desde el punto de vista individual, sin la necesidad de ninguna insurrección colectiva. La felicidad no carece de guerras, ni de que alguien haga algo para complacernos o privilegiarnos. Bastan los movimientos internos lúcidos vinculados a desplazamientos externos suaves. Aunque nadie quiera acompañarnos. Un estudiante preguntó cuál sería el poder de la verdad y las virtudes en este proceso de transformación personal. El profesor hizo una advertencia: “La verdad se presenta a medida que avanzamos en el camino del autodescubrimiento. A medida que nos conocemos, la verdad se expande. Entendemos y planificamos acciones cada vez mejores. La verdad es la última frontera conquistada por la conciencia. Esto la hace dinámica y mutante al cambiar al ritmo de los cambios evolutivos, que ocurren con la agudización constante de la percepción y la sensibilidad después de cada experiencia bien elaborada. Las virtudes permiten la aplicabilidad de la verdad a la vida cotidiana. En una relación simbiótica, esas se perfeccionan a medida que avanza esta».
Un estudiante se preguntó cómo era posible vivir sin miedo si la muerte es traicionera, vive al acecho y nos alcanza sin previo aviso. El filósofo aclaró: “Es necesario valorar la muerte. Todo sufrimiento tiene como causa un juicio equivocado de valores. La muerte no es el fin. Se trata de una transición de continuidad. La muerte es el barco que lleva al otro lado del río de la vida. El nacimiento es el camino de regreso. Nacemos y morimos mil veces para vivir todas las experiencias evolutivas indispensables para conducirnos definitivamente a otras esferas existenciales”. El mismo alumno interrumpió para pedirle al profesor que explicara mejor cuando hablaba de la necesidad de valorar la muerte. El filósofo era un hombre amable: «No me refiero a desear la muerte, lo que sería un acto de desprecio por las oportunidades brindadas por esta increíble escuela planetaria. Vinimos a aprender para evolucionar. Nada más. La muerte nos lleva al renacimiento para que volvamos en condiciones renovadas. De lo contrario, sería mucho más difícil obtener la graduación. De ahí se concluye que la muerte no es inversa a la vida, sino un acto de amor a cada uno de los viajeros. Valorar la muerte es aprovechar las experiencias que ofrece el camino del tiempo. Haremos este vaivén hasta el día en que ya no sea necesario renacer. Valorar la muerte es vencer a la muerte. Es evolucionar hasta que resulte innecesaria. Esta comprensión elimina el miedo”.
Otro estudiante argumentó que las personas eran agraciadas de manera desigual. Las condiciones eran diversas. Pobres y ricos, robustos y fruncidos, guapos y feos, altos y bajos, nobles y esclavos. Algunos nacieron en Atenas, otros en Esparta. La vida no trataba a todos de la misma manera. Por lo tanto, no le pareció justo. El filósofo reflexionó: “El método pedagógico del Camino también es muy personal. Como no hay dos personas iguales, la enseñanza será adecuada a las características y necesidades únicas. A cada renacimiento se le atribuyen diferentes aspectos físicos y sociales. Son como las herramientas adecuadas para esa fase de la obra. Las condiciones cambian según la voluntad o la negativa a avanzar en el viaje. Si observamos solo un pequeño tramo del camino del tiempo, será imposible comprender cómo la vida es justa y amorosa. Solo al obtener una visión panorámica de todo el viaje, entendemos la grandeza y las maravillas ocultas en el Camino. Por ahora, haz lo mejor que puedas con las condiciones que tienes. No es raro que las ventajas y los privilegios escondan desafíos extremos. Cuanto mejores sean las condiciones ofrecidas, mayor será la responsabilidad de realización». El estudiante le pidió que ejemplificara. El profesor lo atendió: “Teniendo un ejército a su disposición, no lo use como ejercicio de orgullo, soberbia y codicia. En verdad, las tropas no son suyas, nunca lo fueron. Están bajo su mando para poner a prueba su humildad, sensatez, misericordia y mansedumbre. Una prueba muy difícil, en la que la mayoría sucumbe y pocos son aprobados».
Desde la acera, una mujer comentó que tenía ganas de viajar a Egipto. Soñaba con conocer las famosas pirámides. Sin embargo, estaba desprovista de recursos. Sin ocultar el sarcasmo, dijo que le encantaría enfrentarse a la prueba de ser dueña de al menos un carro o barco. El filósofo no se dejó alterar por la ironía. Sin perder la serenidad, reflexionó: “Sin duda, los bienes materiales aportan consuelo al cuerpo, pero son incapaces de suavizar la aspereza del alma. No hay nada de malo en conocer lugares agradables o exóticos como los jardines colgantes de Babilonia o el templo de Artemisa en Éfeso. Sin embargo, aunque tenga muchos carros y barcos, un sabio evitará viajar lejos mientras no comience el viaje primordial.No hay viaje más fascinante que el que lo lleva a descubrir, encontrar y conquistarse a sí mismo.De nada sirve de nada ir a lugares lejanos para visitar paisajes paradisíacos mientras vive perdido en las propias ruinas existenciales. Nadie puede escapar de la verdad que le molesta o se niega a afrontar. Sería inútil. Todos llevan sus dificultades e incomprensiones en su equipaje. No hay viaje más hermoso y fructífero que el que nos hace conocer quiénes somos. Fuera de la verdad no hay liberación”. La mujer preguntó a qué liberación se refería. El profesor respondió de inmediato: “De los miedos y sufrimientos. No hay cárceles más largas y severas que los propios malentendidos”. Las miradas eran de perplejidad y encanto. Continuó: “Este es el viaje genuino de la vida. Fuera de las virtudes, las relaciones se vuelven amargas y vacías. Fuera de la verdad quedan engaños, conflictos y agonía. Visitar otras ciudades ofrece entretenimiento; encontrarse a sí mismo otorga poder”.
Un hombre que también asistía a la clase de la calle, discutió. El poder tenía Felipe de Macedonia, el único rey con fuerza bélica capaz de castigar al Imperio Persa por los abusos cometidos, argumentó. El profesor mantuvo la tranquilidad y reflexionó: “Sin duda, Felipe puede matar, oprimir, dominar y esclavizar. Puede imponerse por la brutalidad y el miedo. Llevar dolor y muerte donde quiera que marche. Sin embargo, es incapaz de sanar y amar. Conoce la gloria de los hombres, pero desconoce la alegría del alma. Confunde el orden público con la paz. Domina los reinos por temer que alguno de ellos lo domine. Siente miedo quien no conoce el coraje. Agresividad no es sinónimo de coraje. El coraje existe para no dejarnos huir de las dificultades. El verdadero coraje es manso y pacífico. Hay formas mucho más sabias de lidiar con los obstáculos sin tener que destruirlos. Los obstáculos más valiosos no están en el mundo, sino que residen en nuestros propios malentendidos, siendo, por lo tanto, fuentes inagotables de aprendizaje. El auténtico valiente, a pesar de las armas y armaduras que posee, no las muestra. Ya sea porque es un gesto contrario a la virtud – solo los cobardes acusan, asustan y hacen demostraciones superficiales de poder -, ya sea porque pocos la verían – nadie puede ver lo que no entiende -, ya sea porque la virtud no hace alarde – es serena y silenciosa. Por comprender la fragilidad derivada de la incomprensión de quien lo ofende, una persona verdaderamente poderosa se vale de la compasión como escudo. Tiene como espada la generosidad sincera y la firmeza delicada para golpear el corazón del oponente. Nunca para herir, sino en un intento de curar. No admite causar ningún daño a nadie. El amor existe solo para los valientes, capaces de construirse a sí mismos sin tener que dejar a nadie en ruinas». Luego remató: “Es de ese poder de lo que hablo. El poder de la luz”. El hombre respondió diciendo que Felipe, si quería, a su gusto, podía determinar quién se pudriría en una mazmorra. El filósofo explicó: “Puede aprisionar el cuerpo, nunca la conciencia de un individuo que ya lo ha conquistado. El cuerpo se pudre, la conciencia continúa. Nacemos y morimos mil veces. En cada tramo, el Camino entrega al viajero según el valor de los logros realizados y las necesidades de aprendizaje. No cabe queja. La comprensión del significado mayor de la vida fundamenta el coraje genuino. El poder de Felipe es risible a los ojos de un valiente».
Todos se callaron. El profesor narró una breve historia: “Conocí a un marinero chino en uno de mis viajes a Creta. Llevaba una correa de cuerda llena de nudos en la cintura. No le di importancia. Una mañana, al borde del muelle, noté que añadía otro nudo a la cuerda. Tenía curiosidad. Me explicó: Cada nudo representa una transformación. Al identificar algo en mí que necesita mejorar, comienzo una batalla interna por la superación. Al derrotar a quien era, el que me he convertido registra una victoria más añadiendo otro nudo en la cuerda. El marinero arqueó los labios en una sonrisa, me mostró la cuerda y comentó: Todavía caben muchos nudos. Sin embargo, muchos otros me recuerdan los importantes logros que me hicieron llegar hasta aquí: las transformaciones que poco a poco me convirtieron en una persona diferente y mejor. Todos los días la cuerda me recuerda que no me faltan razones para ser feliz«. Luego agregó: “El proceso evolutivo es la fuente más segura y honesta de felicidad. Tiene independencia y autonomía. Ser consciente de la caminata realizada demuestra lo hermoso y vale la pena que es el viaje, aunque difícil. La gente tiene que empezar a contar los nudos de la cuerda. No sirve de nada buscar en el mundo lo que sólo encontraremos dentro de nosotros”.
Un estudiante recordó que vivimos en el mundo. Todos tienen cuestiones materiales que resolver. No es posible vivir solo de ideas. La existencia es también una experiencia física, no solo sensorial. El profesor estuvo de acuerdo con un gesto de cabeza y señaló: “Sí, la evolución comienza con la comprensión, pero se completa en la acción. No basta con pensar y sentir la situación, si es necesario moverse a través de ella. La forma en que elaboramos las experiencias proporciona información importante sobre quiénes somos y, sobre todo, quiénes aún no somos. En las relaciones residen algunas de las principales experiencias evolutivas. Tenemos relaciones de varios tipos, desde intrapersonales hasta interpersonales, desde afectivas hasta comerciales. Todas son igualmente importantes por las consecuencias que producen. Incomodidades, desequilibrios, debilidades y niveles de dependencia en los múltiples aspectos existenciales señalan malentendidos aún a la espera de elaboraciones más mejoradas. No basta con una mirada más aguda a las cuestiones intrínsecas. La óptica desde la que interpretamos nuestras necesidades materiales necesita ajustes constantes como una alineación perfecta con las precisiones existenciales». Luego teje algunas analogías: “La comida frugal puede ser sabrosa cuando está bien sazonada. Del mismo modo, una vida sencilla, pero bien aprovechada, puede contemplar mucha riqueza. La ropa bonita no carece de adornos. La gente interesante tampoco. La elegancia está en la esencia que trasciende y encanta. Una casa segura no necesita refinamientos arquitectónicos. Bastan pilares profundos y paredes sólidas. Los cimientos se encuentran bajo tierra, un lugar invisible para aquellos que solo se interesan por las apariencias. Olvidan la importancia de los valores ocultos a la superficie, los genuinos fundamentos de una construcción capaz de soportar las inevitables inclemencias del tiempo. Una vida equilibrada, madura y fantástica necesita movimientos basados en la verdad y las virtudes. Así y solo. Algo imperceptible a quien vive en lo superficial de la existencia”. Hizo una pausa antes de concluir el razonamiento: «No raro, menos es más».
El mismo estudiante comentó que el gran problema del mundo eran las personas. Si fueran más comprensibles, amables y sensatos, el mundo sería un lugar más agradable. Consideraba la posibilidad de vivir lejos de las ciudades, en una isla desierta del Egeo, sin contacto con nadie. Tenía el sueño de convertirse en un sabio. No más viviría desacuerdos y desacuerdos. Encontraría la paz deseada. Un zumbido de aprobación tanto en la clase como en la acera distradicó el entendimiento del filósofo: “Los conflictos externos solo ilustran los malentendidos internos. Un sujeto en paz consigo mismo tiene la ligereza y la suavidad de transitar entre multitudes, ofreciendo lo mejor que hay en sí mismo sin chocar con nadie. Como ya ha realizado gran parte del viaje de autodescubrimiento, conoce tanto las debilidades como los desengaños que, en diferentes niveles, son comunes a todas las personas. Sin excepción. Se vale de la compasión, para no deslizarse en el error de los juicios fáciles, vacíos y baratos, tan comunes como insensatos. Así como hace uso de la firmeza en guiarse por la verdad, de la forma en que la alcanza, y moverse a través de las virtudes para establecer límites indispensables a las relaciones, sin los cuales los abusos permanecerán incorregibles como cualquier otro vicio”. Observó el cambio en la fisonomía de los estudiantes y continuó: «Sin dificultades no hay evolución». Luego preguntó: «¿Cuál es nuestro principal desafío?». Aprender a tratar con las personas con las que nos relacionamos, respondieron con una sola voz. Arqueó los labios en una sonrisa y los desconcertó: “Equivocado. Cada uno se tiene a sí mismo como el gran desafío de la vida. El mundo sirve para generar experiencias a través de las cuales podemos comprender lo que aún desconocemos en nosotros. Todo lo que está mal construido en un reino causa molestia y malestar a sus habitantes. Así somos nosotros con un universo incalculable de ideas y emociones que transitan entre la mente y el corazón. Pacífica o beligerante. Las actitudes, elecciones y posturas, ya sean buenas o malas, solo reflejan esta sociedad interna. Nada más. Que los reinos vecinos estén a la vista, que podamos visitarlos, sin necesidad de vivir en ellos. Quien no vive en paz consigo mismo nunca podrá vivir bien con nadie. La felicidad y la paz son construcciones individuales con colaboración colectiva. Con cada experiencia podemos perfeccionar aspectos de la identidad y características de la personalidad aún mal elaboradas. Se necesitan innumerables situaciones para que la esencia pueda emerger, ser tallada y convertirse en la verdadera apariencia. No podremos alcanzar tal nivel de amor y sabiduría sin la gente a nuestro alrededor. Las relaciones provocan los desafíos evolutivos. Las dificultades que atormentan no son las de los demás, sino las nuestras. Si el problema son los demás, no olvides que somos el otro de otras personas. Un ermitaño nunca será un sabio. Es solo un triste fugitivo de sí mismo”.
Un hombre en la calle, a mi lado, que escuchaba con interés y atención, preguntó cómo sabría si estaba en la ruta que lo llevaría a las plenitudes de la vida. El profesor explicó: “La ruta de las plenitudes tiene como destino la construcción de una persona sin fragmentos emocionales, residuos de sufrimiento y restos de miedo. Será necesario priorizar los logros internos en detrimento del reconocimiento y los homenajes del mundo. Debe haber placer por la obra, así como alegría por las cosas simples de la vida cotidiana. Que no falten sonrisas al escuchar el canto de los gallos y el ladrido de los perros. Que la primavera te haga bailar, el verano te lleve a pasear, el otoño sea tiempo de aprender y el invierno perfecto para recrearse. Que nunca falte motivo para amar y que la muerte nos encuentre en paz. Algo posible solo para aquellos que lograron ir más allá de quiénes eran y de dónde comenzaron en el último tramo del camino del tiempo”.
El último grano de arena se desvaneció de un recipiente para completar otro. El reloj de arena señalaba el final de la clase. Los estudiantes agradecieron y comentaron las enseñanzas ofrecidas. Las personas que miraban desde la calle también se dispersaron, llevándose ideas que necesitaban maduración para germinar. Me quedé. Después de que todos se fueron, me acerqué al profesor. Confesé estar encantado. Pregunté si desarrollaba una nueva corriente filosófica. Dijo que sí con la cabeza, señaló el edificio y señaló: “Como las clases se imparten bajo este pórtico (stoá en griego), los propios alumnos se autodenominan estoicos. Me gusta la nomenclatura. Que las ideas compartidas aquí sirvan para abrir muchos de los innumerables portales que nos esperan dentro y fuera de nosotros. Solo así tendremos acceso a las maravillas de la vida”.
Luego me dijo que tenía otros compromisos. Necesitaba ir. Yo también tuve que irme. Agradecí las lecciones, pero admití que no sabía a dónde ir. El filósofo señaló el fresco que retrataba a Teseo. Pidió, después de fijar la pintura en su mente, cerrar los ojos y acompañar al mítico héroe griego a donde quiera que fuera. Obedecí. Me tomó un tiempo que no sé lo que necesito en este ejercicio lúdico. Cuando me di cuenta, estaba en Creta, dentro del famoso Laberinto para enfrentarme al Minotauro. A medida que avanzaba por los astutos pasillos, me encontraba con mis frustraciones, inseguridades y penas. Juntos, formaban la auténtica y oscura entidad mitológica que amenazaba con devorarme. Para volver a la luz, Teseo necesitaba aceptar el desafío de enfrentarse al oponente. De lo contrario, estaría encarcelado para siempre. Los mitos dialogan con el inconsciente. Hablan de lo que no queremos ver o que aún somos incapaces de entender. La nobleza de sentimientos necesita derrotar a los condicionamientos e instintos primitivos. Somos Teseo, pero también somos el Minotauro reunidos a la vez en un mismo individuo. Entendí lo que el filósofo quería mostrarme. Nadie derrota a nadie. Cada uno se vence a sí mismo o no conocerá ninguna victoria. En este momento la puerta del Laberinto se presentó en forma de un extraño mandala. Me dirigí al último portal del viaje.
Poema Ochenta
Hay mucha belleza en un reino simple.
Es necesario valorar la muerte.
Tener un ejército, no lo usa.
Aunque tenga carros y barcos,
Evite viajar lejos.
A pesar de las armas y armaduras, no las muestra.
La gente necesita contar los nudos de la cuerda.
La comida frugal puede ser sabrosa.
La ropa bonita no carece de adornos.
Una casa segura no necesita refinamiento.
Que los reinos vecinos estén a la vista,
Sin necesidad de vivir en ellos.
Que no falten sonrisas al escuchar gallos y perros,
Que la muerte nos encuentre en paz.
Gentilmente traducido por Leandro Pena.
