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El mendigo

Estuve en el monasterio para otro ciclo de estudios. Había sido una noche difícil. Una avalancha de pensamientos me había robado el sueño. Nadie puede dormir si el ruido y el desorden reinan dentro de la casa. Cada uno vive en sí mismo. Había muchas voces hablando de maldad, abusos y rechazos sufridos. Cuando sucede, el caos se extiende por las habitaciones. Incómodo, sales de casa. Desconéctate de tu esencia para vivir al margen de quién eres. Pierde el rumbo y la identidad. Se vuelve inseguro, los movimientos se vuelven vacilantes, a veces impetuosos. Son síntomas comunes a las dificultades para elaborar los dolores emocionales. En diferentes grados, todos se enfrentan a este desafío existencial. Sin excepción. A nadie le gusta sentirse así, y mucho menos que se den cuenta del desequilibrio por el que atravesamos. Es común hacer un gran esfuerzo para transmitir a todos una imagen de equilibrio y fuerza. Sin embargo, no sirve de nada escenificar una falsa tranquilidad mientras la agonía y el sufrimiento ectan raíces en el corazón. Solo posponemos la resolución del problema. La apariencia, por hermosa que sea, nunca tendrá el poder de transformar la esencia. No iremos a ninguna parte. No hay forma de apagar este fuego sin llegar a un lugar difícil, pero hermoso; delicado, pero poderoso: el núcleo del ser. Instado por estas ideas, dejé de seguir en la cama. Necesitaba pensar en los sentimientos que me movían y, lo que es más importante, a dónde me conducían. De lo contrario, me mantendría alejado de quien necesitaba encontrar: a mí mismo. Me levanté con el cielo aún estrellado. Fui a la cantina, preparé un poco de café, llené una taza y me senté junto a las ventanas con vistas a las montañas. Hubo silencio y quietud. Una maravillosa vibración de paz era la tónica constante del monasterio, un lugar muy agradable para estar. Algunas de las personas que más me valían estaban allí. Aunque las condiciones externas eran perfectas para el bienestar, no toda esa paz era capaz de poner fin al tiroteo de mi corazón en guerra. Después de años y años de estudios, montones de libros leídos, innumerables cursos y conferencias, incontables horas de oración y meditación, todavía era esclavo de mis emociones indomables y descabradas. Era necesario entender lo que aún no había sido capaz de entender. Lo más grave es que ni siquiera sabía por dónde empezar.

“Empieza por donde doi. El desgarro de la herida es perfecto para dejar entrar la luz», me sorprendió el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden. Entró en la cantina sin que yo lo notara. Llenó una taza de café y se sentó a la mesa conmigo. Pregunté a qué se refería. Me respondió: “Hablo de los malentendidos que lo arrancan de su eje de luz. Sin la debida comprensión desperdiciará la miel de la vida. No conocerá la paz ni la felicidad. Vivirá amores desgarrados. La libertad seguirá siendo imposible mientras permanezca como rehén del comportamiento ajeno. No menos importante, sin darse cuenta, poco a poco, perderá su dignidad en elecciones desorientadas y actitudes permisivas». Antes de que pudiera decir algo, agregó: «Cuando la voz silencia el dolor, los ojos suplican ayuda». Bebió un sorbo de café y, con su forma sencilla y sincera, me ofreció la bienvenida: «Estoy aquí».

No pude contener la lágrima rebelde que reveló el contenido de los sentimientos y se anticipó a mis palabras. Necesitaba hablar y el Viejo estaba dispuesto a escucharme. Sin juicio ni censura. Hablé por un tiempo que no sé si lo necesito. Conté sobre el historial de rechazo familiar que viví desde la adolescencia. No es fácil ni sencillo crecer en una familia sin sentirse acogido y comprendido en sus necesidades emocionales. A medida que me convertí en adulto, nada cambió. Observó cómo todos se preocupaban por todos, se buscaban, confraternizaban. A menudo he dejado de ser invitado a cumpleaños, reuniones, bodas, fiestas de Navidad y Año Nuevo. No era solo una cuestión de invitaciones. Las críticas fueron feroces. Incluso cuando acerté, para ellos, hubo un error. Decían que el bien practicado había sido motivado por la vanidad o la culpa. Vivir en el seno de una familia sin formar parte de ella era doloroso. Más aún, cuando trataba de hablar con estas personas para entender el motivo de la aspereza, lo negaban. Decían que me amaban. Al momento siguiente, me descartaron. Fue casi una tortura. Experimenté constantes picuinhas y agresividades veladas. Mal-tratos. He citado numerosos episodios aún vivos en la memoria, incluso después de muchas décadas. Aun así, no había renunciado a ser parte de la familia y sentirme amado por ellos. Deseaba que algún día mi valor fuera reconocido. Al final, el Viejo me preguntó: «¿Por qué insistes en faltarte el respeto?». Dije que era necesario ofrecer la otra cara cada vez que nos agredieron. Ofrecer la otra cara, en una mejor interpretación, es mostrar los encantos de la luz a quienes viven en la oscuridad. El buen monje negó con la cabeza y señaló: “Un concepto correcto aplicado al caso equivocado. No hay luz cuando nos dejamos herir para no disgustar a los demás. No devolver el mal con el mal es un acto luminoso. Establecer límites para detener los abusos, también. Nunca permitas que nada ni nadie te destruya. Dejarse destruir es como abandonarse en los oscuros calles de un sufrimiento sin fin”. Frunció las cejas y señaló con seriedad: “Hay una diferencia importante entre persistir e insistir. Persistir es no renunciar a un camino a pesar de los obstáculos que se presentan. Insistir es insistir en continuar por un callejón sin salida. Corresponde a cada uno adaptar la teoría al caso concreto”. Luego me desconcertó: “Estás fragmentado entre el sufrimiento del rechazo y el dolor del crecimiento”. Hizo una pausa para enfatizar: «Sí, crecer duele, causa miedo, ira y culpa. Pero es fundamental para la evolución. Cambiamos la sensación de abandono por el sentimiento de amor propio. Aprendemos a cuidarnos, a entender lo que es mejor para nosotros y adquirimos placer al experimentar nuestra propia reconstrucción. ¡Es maravilloso!”.

Me pregunté por qué nos resistíamos tanto a llevar a cabo una transformación tan necesaria. El Viejo explicó: “El rechazo es un sufrimiento conocido desde hace mucho tiempo. Crees que ya te has acostumbrado o que sabes cómo lidiar con él. Por eso, prefiere dejarlo como está y tener que enfrentarse al dolor desconocido del crecimiento. No es fácil ir a un lugar donde nunca has estado tanto dentro como fuera de ti mismo. Esto asusta. No siempre es fácil imponer límites a quienes se han acostumbrado a tratarnos sin ningún respeto. Tendrá que contradecir a las personas que cree amar, negando voluntades y deseos a los que se han acostumbrado, pero que hieren su conciencia o lo hacen sentir incómodo. Como enseña una alquimista contemporánea, decir no a las personas que quieren que diga sí, y defender sus límites con personas que están acostumbradas a que no tienen ninguno, provocará una horrible sensación de muerte. Y es una especie de muerte: la muerte de esa parte de ti que piensa que necesita ser irrespetada para ser amada«.

No entendía por qué una transformación tan beneficiosa generaba dolor, miedo, ira o culpa. Creía que al caminar hacia la evolución solo nos tomarían los buenos sentimientos. El buen monje aclaró: “Para llegar a los buenos sentimientos será necesario enfrentar y superar los malos sentimientos. No sólo esto. También tendrá que aprender a interpretar los nuevos sentimientos. Después de todo, todavía no los conoces”. Le pedí que me explicara mejor. El Viejo fue didáctico: “Al principio, será doloroso darse cuenta de que muchos seres queridos no cambiarán de comportamiento, incluso cuando les digas que la forma en que se relacionan contigo los hace sufrir. Tendrá que aceptar que, por ser insensibles al contenido nocivo de sus propias actitudes, tendrá que alejarse de ellas. Tendrá que cerrar ciclos con quien creía que estaría a su lado hasta el día del día sin fin. Sin embargo, el dolor de la pérdida no puede robar la alegría de los incuestionables beneficios que vendrán con los cambios. Entonces, en un mejor análisis, entenderá que no se trata ni de un dolor ni de una pérdida, sino de un sentimiento de perplejidad, aprendizaje y transformación por estar transitando por un camino nunca recorrido».

Bebió un sorbo de café y continuó: “Podemos sentir miedo al pensar en cómo reaccionará la gente a los límites que impondremos. Estaremos temerosos si entienden y apoyan nuestra nueva versión. Si sabremos lidiar con la soledad hasta que encontremos a alguien que nos ame y admire por ser quienes realmente somos. Es como volver a la escuela para volver a aprender a ser y vivir de una manera diferente y mejor. El miedo a corto plazo no puede impedir la libertad a largo plazo. Cada ruptura de patrón trae una sensación de inseguridad. Si lo piensas bien, esta sensación es ficticia y desprovista de valor. No hay nada malo en dejar ir lo que no nos hace bien. En verdad, estos nuevos sentimientos son signos de una transformación que se anuncia”.

Hizo una breve pausa antes de continuar: “Será común si, en un primer momento, nos sentimos culpables por negar los deseos de aquellos a quienes siempre atendemos. Nos sentiremos egoístas por el simple hecho de respetar, valorar y cuidar nuestro propio bienestar. Después de todo, son actitudes que, además de nuevas, generan placer. Una vez que el sufrimiento nos ha hecho compañía durante mucho tiempo, aunque absurdo, dudaremos de nuestro derecho a la felicidad. También será absurdo, y no se sorprenda que suceda, que nos veamos mal al impedir la entrada de quienes siempre se han comportado como si nuestro corazón fuera un burdel o un parque de atracciones. Son nuevos sentimientos derivados de un nuevo comportamiento. Más maduro y evolucionado. No lo dudes, no existe correlación entre la autoestima y el egoísmo. El amor propio es un requisito indispensable para amar más y mejor a todos. Sin eso, esto será imposible”.

Luego explicó: “Sentiremos rabia al darnos cuenta de que muchas personas solo estaban interesadas en las ventajas que disfrutaban en el modelo de relación abusiva que mantenían con nosotros, sin nutrir ningún afecto o interés por nuestras necesidades. Sentiremos ira por haber dejado que nos maltrataran, ya sea por haber tardado en comprender la importancia del respeto por sí mismos, o por no haber tenido el coraje de imponer los límites debidos. Sin embargo, con el cambio de postura, descubriremos el placer por la libertad desconocida, así como por encontrar la identidad perdida. Entonces, el dolor masurado que reinaba en el corazón será reemplazado por la alegría desbordante de quien aprendió a enamorarse de sí mismo. Esto no es vanidad, es autoestima. Primordial a la plenitud”.

Bebió otro sorbo de café antes de concluir: “Si aún queda alguna duda, recuerde que no hay la menor posibilidad de perfeccionar una relación alimentando un comportamiento incorrecto o enfermizo. Un buen ejercicio es distanciarse de los densos sentimientos a flor de piel, observándose a sí mismo como espectador, como una forma de obtener un panorama general de la triste situación actual, así como de todos los logros a su disposición si acepta el desafío de la redención: la libertad a través de la propia reconstrucción. Cuando entendemos la grandeza de las posibilidades, el movimiento se vuelve inevitable».

Comenté que este cambio de comportamiento me haría enfrentar muchas dificultades y problemas inevitables. No creía que nadie cambiara su comportamiento solo para complacerme. Incluso porque ya habían demostrado ser insensibles a mis sentimientos. El Viejo asintió con la cabeza y me recordó: “El esfuerzo por cambiar a quien está cómodo donde siempre ha vivido es un ejercicio de los tontos. Somos nosotros los que tenemos que construir un lugar bueno y seguro para vivir, sin depender nunca de que alguien nos ponga donde merecemos estar. No podemos permitir que arruinen o destruyan nuestra casa porque piensen que es de mala carre cerrar la puerta a los alborotadores y malhechores. No olvides que cada uno vive dentro de sí mismo».

Bebió un sorbo de café antes de continuar: “Si quieres liberarte del sufrimiento, tendrás que aprender a defenderte. Tanto de sus propios sentimientos, como hablamos hace un momento, como de aquellas personas que se han acostumbrado a su permisividad. Muchos de ellos reaccionarán mal ante los contratiempos inesperados. Las experiencias evolutivas no existen para ser fáciles, sino para que valgan la pena. Nadie está obligado a abrir caminos dentro de sí mismo para que pueda crecer y avanzar por la vida. Sin embargo, al negar este movimiento, sin importar el flujo de su cuenta bancaria, seguirá en el papel de mendigo existencial, alimentándose de limosna afectiva o contentándose con las migajas de amor que quedan en el plato de los demás. La mayor de las miserias es negarse a sí mismo lo mejor del amor que existe en sí mismo. El amor no sobrevive a la falta de respeto. La mendicidad por restos de afecto y residuos de atención es causa de sufrimientos amargos y profundos. Permanecer en ese lugar es una elección. Salir de él también es una elección. Ambos están a disposición de todos. Amarse a sí mismo para hacerse amado genuinamente es una fórmula probada de bienestar, alegría y felicidad. Sin embargo, solo podremos sentirnos amados por ser quienes somos después de suprimir toda dependencia por aceptación, pertenencia o validación. La dependencia emocional causa una deformación innecesaria al hacer adoptar características extrañas a la propia identidad. Nos dejamos usar y manipular para estar al gusto de quien nunca nos amó. Los personajes y las marionetas sirven solo para el placer de los demás, sin ningún tipo de afecto, respeto o admiración. El amor es reacio a este comportamiento. Sólo el poder de la singularidad y la autenticidad de una persona, por toda la belleza y el encanto únicos que posee, hace abandonar el falso brillo de la inseguridad para dar paso a la luz de la firmeza y la verdad».

El Viejo se levantó y se dirigió al armario de la cantina. Cortó dos rebanadas generosas de pastel de maíz, las puso en platos y las trajo a la mesa. Hizo un gesto para que me sirviera en silencio. Era hora de reflexionar sobre el contenido de la conversación que tuvimos. El aprendizaje solo se completa cuando se aplica a la práctica. El conocimiento solo tiene sentido si genera transformación. Todo sufrimiento es síntoma de experiencias mal elaboradas. La vida las repetirá hasta que se vuelvan innecesarias. Necesitaba curarme. Pero sabía que el elixir sugerido por el buen monje podría causar efectos secundarios. Comenté esto con él. El anciano arqueó los labios en una sonrisa, como si ya esperara esta pregunta, y reflexionó: “Habrá momentos de duda e inseguridad. Algo natural para quienes viven el viaje de romper patrones de comportamiento que siempre los acompañan. Habrá una ruptura. El que fuiste durante muchos años dejará de existir para dar paso a una versión diferente de ti mismo. Las prácticas antiguas se cerrarán para siempre. Verás una parte de quien siempre fuiste. Tendrá que aprender y acostumbrarse a vivir con la nueva postura que eligió para posicionarse ante sí mismo y ante el mundo. Una transición que no siempre se entiende en su totalidad de inmediato. Es natural que necesite hacer ajustes durante el proceso. El factor más importante es nunca olvidar que el respeto genuino dialoga con la serenidad, la claridad y la honestidad. Es manso y firme al mismo tiempo. Establece límites sin agresividad o contraataca de cualquier tipo y especie. El respeto es un movimiento interno que se expresa sin pedir permiso ni necesidad de esperar la autorización de nadie. Es el eje central de la dignidad. No podemos exigir que nos respeten, pero tiene que haber un compromiso definitivo de nunca renunciar a él en el trato consigo mismo. El amor propio y el respeto propio componen el marco de la conciencia que ilumina nuestros pasos”.

Vació el café de la taza y concluyó: “Al principio, habrá momentos de incertidumbre en cuanto a las nuevas decisiones. Muchos se dirán decepcionados y se alejarán al ver denegadas las peticiones que siempre han sido atendidas. Eran personas a las que servía sin imponer límites para no disgustarlas. Querías ser entendido y amado por ellas. No te sorprendas ni tengas miedo. Las transformaciones evolutivas son luminosas. Uno de sus efectos es la capacidad de aclarar todo a su alrededor. Las diferencias entre el bien y el mal se hacen claras. Separar lo correcto de lo incorrecto se vuelve más sencillo. No todos los granos son semillas. Quien nos ama siempre se esforzará por entendernos sin exigir ninguna contrapartida a cambio. El amor no cobra precio. Disgustarse para complacer a los demás es un movimiento de desamor». Hizo una pausa antes de añadir: «Confía en tu narrativa y mirada, en tus virtudes y verdades. Perdona y perdónate a ti mismo. Y sigue sin miedo”. Golpeó la mesa con el dedo índice para resaltar las siguientes palabras: “Recuerde que el no, hasta entonces nunca dicho a personas cuyas solicitudes siempre han sido atendidas, significará un sí revolucionario para usted. El amor y el respeto descuidados durante tanto tiempo, finalmente serán rescatados. Este movimiento es parte del arte que depende de la libertad. Las cárceles emocionales, por sus rejas no siempre visibles, terminan imponiendo penas largas y crueles». Luego, concluyó: “Desnudarse del mendigo afectivo que interpretó en sus relaciones por la enorme necesidad emocional que siempre sintió, incluso sin negarle todos los motivos y razones, será fundamental para tomar el control de sus necesidades y verdades. De lo contrario, nunca conocerá el amor genuino”.

El día amanecía. Algunos monjes llegaban para el desayuno. El viejo dijo que necesitaba prepararse para la conferencia de esa tarde. Se despidió y se fue con sus pasos lentos, pero seguros. No sin antes hacer un gesto como quien dice que el poder de la curación estaba en mis manos. Me tenía a mí aprovecharlo.

Gentilmente traducido por Leandro Pena.

Yoskhaz

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