Había decenas de miles acampando en el desierto. Llegué en un momento complicado. Se había producido un violento conflicto entre algunas de esas personas. Un hombre, especialmente quien las dirigió en ese viaje, expresó palabras sensatas y pacificadoras, no sin la debida dosis de firmeza para que quedara la necesaria reflexión por el mal que se causaban a sí mismos. Los conflictos nos alejan, nos consumen y nos agotan. Con unos cincuenta años, tenía el cabello blanquecino temprano como emblema de la responsabilidad asumida ante esa multitud que había confiado sus existencias a la promesa que les había hecho. La piel estaba arrugada por el sol y las incesantes luchas imponderables. “Las más difíciles están bloqueadas dentro de cada uno de nosotros. Modificar patrones de comportamiento significa dejar de ser quienes somos para convertirnos en individuos diferentes y mejores. Sin perder o deformar la esencia, pero haciendo germinar una identidad cada vez más perfeccionada, con el equilibrio y la fuerza necesarios para pulir un nuevo comportamiento, capaz de aportar ligereza y suavidad a los días. Mientras no abandonemos viejos vicios de pensar y sentir, el destino deseado permanecerá distante», recordó a todos. Luego se alejó. La multitud se dispersó. Fui a buscarlo. Después de un tiempo, lo encontré sentado en su tienda. Se recuperó del desgaste emocional provocado por el episodio. Nuestros ojos se encontraron. Sonrió y me hizo un gesto para que me acercara. Me senté en la alfombra que servía de suelo de la tienda. Me ofreció agua y dátiles. Era todo lo que poseía en ese momento. Acepté de buen grado. Pregunté a dónde conducía a esas personas. El hombre me dijo: “Voy a la tierra del renacimiento, un lugar donde se puede respirar libertad, amor, dignidad, paz y felicidad. Sin embargo, el más bello de los jardines desaparecerá en un instante si está ocupado por hordas de orugas. Ya tienen que ser mariposas cuando lleguen allí. El desierto es el capullo indispensable para la metamorfosis existencial”. Pregunté cuándo se irían. El hombre se encogió de hombros y respondió con honestidad: «No lo sé». Quería saber cuánto tiempo habían estado acampando en ese lugar. «Casi diez años», me sorprendió. Antes de ser cuestionado, se aseguró de aclarar: “Un solo pueblo dividido en doce tribus que compiten y se duelan entre sí en lugar de ayudarse mutuamente. Olvidan el propósito común que los hace caminar juntos. No es raro que crezca cause dolor. Insoportable para muchos. Tal vez sea necesario reemplazar una generación por otra, nacida y educada sin los rancios del odio, la mezquindad, los conflictos y la subyugación. Entonces, el viaje que tomaría unas pocas semanas podría extenderse por cuarenta años».
Comenté que había presenciado la intervención que había hecho. El conflicto había quedado pacificado. El mensaje había sido claro y entendido por todos. El orden se había restablecido, subrayé. El hombre me hizo revisar mi mirada: “Después de la moderación del conflicto, es común que quede algo de resentimiento. Volver a vivir con personas con las que nos llevamos bien no siempre significa el fin del problema, aunque pese el sincero deseo de cerrar el asunto. El dolor se esconde detrás de varias capas de excusas y razonamientos tortuosos. Cuando se guarda en las capas más profundas, la percepción más precisa sigue siendo difícil. Aunque sentimos, somos incapaces de identificar qué sentimiento guía nuestras actitudes y elecciones. Es como si hubiera alguien dentro de la casa sin que podamos verlo. Poco a poco, el desorden, el desorden y el malestar se extienden hasta el punto de que nos volvemos extraños a nosotros mismos. Vivimos como huéspedes incómodos dentro de nuestra propia casa. Sin darnos cuenta, comenzamos a caminar por el lado oscuro de la carretera. Todos y cada uno de los sentimientos que ignoramos terminan por devorarnos. Mientras no se deshazco de raíz, seremos rehenes de sentimientos desconocidos. En algún momento emergerá de las zonas abisales del corazón para manifestar el dolor sentido, pero negado. El siguiente conflicto tendrá proporciones impredecibles. Todo sufrimiento reprimido se agrande en tamaño, intensidad y descontrol. Cuando se desborde, se manifestará en un tamaño y forma difíciles de administrar. Ya sea en arrebatos de furia o en implosiones de tristeza, la casa estará en ruinas». Frunció las cejas y advirtió: «Recuerda, cada uno vive en sí mismo».
Me pregunté cómo sería posible deshacer definitivamente un resentimiento. Explicó: “Los argumentos correctos sirven de poco para liberarse del amargo residuo y del poder destructivo del dolor. Ninguna idea, por buena que sea, encajará en el lugar de un sentimiento. Solo un buen sentimiento puede ocupar el lugar de un mal sentimiento. La mente guía el corazón, pero no lo controla. Todo sentimiento tiene autonomía e independencia. No basta con conocer teorías y teoremas, es indispensable aprender a sentirse diferente y mejor si quieres avanzar. Lograr la claridad mental para discernir el bien del mal es de suma importancia. Sin embargo, sólo al sentir en el corazón los reflejos exactos de cada movimiento, conquistaremos la nitidez necesaria para distinguir los matices indispensables para no volver a confundir el bien con el mal”.
Frunció las cejas y advirtió: “No use mis palabras para imaginar que el sentimiento es más importante que la razón. Equivalen a los dos platos de una misma balanza que, cuando están en equilibrio, permiten la perfecta alineación entre percepción y sensibilidad, las bases de la conciencia, cuyos ojos, dependiendo del grado de sencillez y pureza, encontrarán luz o sombras en el mundo y en la vida. Lejos de la razón, el sentimiento pierde la dirección y se frustra en colisiones constantes e innecesarias, desperdiciando el amor en frustraciones y decepciones. Por lo tanto, ofrece razones aparentes para que su poder y eficacia transformadores sigan siendo cuestionados por multitudes inmaduras e individuos desequilibrados».
Admití que el odio y el dolor eran arrestos crueles por impedirnos ir más allá de lo que somos. Al insertarse de manera preponderante en nuestro pensamiento y sentimiento, ocupan la mente y el corazón la mayor parte del tiempo, limitando actos y pasos, deformando elecciones y destinos, robando la paz y la felicidad. Entendí que estos sentimientos cercijaban la auténtica libertad al negar muchas de las posibilidades existentes. Reaccionamos con el no mientras que el sí ofrecía oportunidades increíbles. Perdimos para nosotros mismos. La vida se amiúda. Sin embargo, no entendía cómo hacer, en la práctica, para deshacer estos densos sentimientos en lugar de simplemente esconderlos en los cajones olvidados del alma, como solía suceder. Aunque sabía que de esta manera fomentaba mis propios sufrimientos, confesé que no sabía cómo liberarme de esta rutina de autodestrucción. El hombre bebió un sorbo de agua y explicó: “El primer paso es identificar correctamente el sentimiento que lo aprisiona. A nadie le gusta admitir que tiene un corazón dominado por el odio, la envidia o el egoísmo, solo por poner unos pocos ejemplos. No hay forma de luchar contra algo que creemos que no existe. Siguiente movimiento, abdique de justificar sus malos sentimientos a la actitud de alguien. La acción ajena sólo despertó a lo que estaba dormido. Aunque hayas sido objeto de algún mal, el sentimiento que habita en tu corazón, recorre tus entrañas y estrecha tu mente es tuyo. Siempre lo fue. Así como el mal pertenece a quien lo practica, el sentimiento es de quien lo siente. No esperes a que nadie te retire o se apropie de él. Qué hacer con este sentimiento es de su entera responsabilidad. Aceptar esto es fundamental para la madurez. Por lo tanto, el sabio asume la mitad izquierda de la disputa, trayendo a sí el compromiso de deshacer los densos sentimientos que desbordan de su corazón, sin exigir nada ni atribuir a nadie. Mientras no actúe así, no tendrá acceso a la libertad genuina. Debido a que son inadmisitos, los encarcelados emocionales son los más comunes, largos y crueles. Terminamos autocondenándonos al sufrimiento sin saber nada sobre las razones y fundamentos de la sentencia”. Le pedí que profundizara el razonamiento. Fue didáctico: “Todo conflicto surge y se cierra dentro de nosotros. Al considerar como enemigos a todos aquellos que se oponen a nuestra trayectoria, la batalla permanecerá perdida desde antes de comenzar. Si los tratamos como un factor de transformación y evolución personal, la victoria será segura”.
Pasó la mano por su largo cabello blanquecino antes de continuar con la explicación: “El dolor es el odio guardado durante demasiado tiempo en los cajones del corazón. La injusticia sentida se convertirá en resentimiento si no se deshaye en un corto lapso de tiempo. Somos los sentimientos que nos mueven. Tanto los buenos como los malos. Ellos esculpen y modelan el razonamiento, determinando elecciones y actitudes. Porque, quiénes somos y nuestro destino. Dependiendo del sentimiento, iremos más allá o nos quedaremos cortos. Envolver la demanda con amor consiste, como prioridad, bañarse en amor propio, como primer paso hacia la plenitud. Gustarse a sí mismo es respetarse, entender lo que es mejor para su trayectoria, sentir placer con la propia construcción. Es buscar la cura. Curarse es quitar el mal que un día, por descuido, aceptamos hospedar en nuestra casa. Arregle la ventana sin cobrar nada a quien la rompió, pero la piedra que rompió el vidrio no puede guardarse en el cajón de un armario cualquiera. Esta distinción es de suma importancia. Aunque el sentimiento es suyo, el mal pertenece a quien lo ha practicado. Para ello, la mayoría de las veces, un simple movimiento resulta suficiente. Dígale al interlocutor, no me gustó o no fue justo lo que hizo. Entrega la piedra. Deshazte de lo que no es tuyo. Si se trata de una convivencia dañina, tenga la sensatez y la firmeza de cerrar el ciclo. Todo el mundo tiene ese derecho. Sirve para todo tipo de relación. Cuanto mayor sea el retraso, más graves serán los daños emocionales. Di, no quiero más. Sin descontrol, violencia o agresividad. Sin gestos de revuelta, venganza o revanchismo. Pero con la calma, claridad y objetividad de quien, poco a poco, rescata la dignidad y se convierte en el señor de su propia paz. Puede que no lo parezca, pero es un poder inconmensurable y liberador a disposición de todos. No tengas miedo de usarlo. A continuación, siga adelante sin debates ni discusiones. Nunca esperes arrepentimiento o disculpa. Difícilmente el otro entenderá o estará de acuerdo de inmediato. No importa. Su conciencia, la capa más profunda del yo, guardará el mensaje para en algún momento hacer el debido ajuste de cuentas. No hay juez más justo. Solo ten cuidado de sacar el mal de dentro de ti. Solo así su corazón estará listo para hacer florecer un sentimiento regenerador donde antes imperaba un sentimiento destructivo. Movimientos virtuosos llenos de pureza y mansedumbre – por negarse a contraatacar el mal con el mal, ni guardar la maldad dentro de sí mismo -; autorrespeto, coraje y honestidad – por el gesto de amor propio en establecer límites, cesar los abusos e ir al encuentro de lo que es mejor para sí mismo – nos acercan a la verdad y agregan virtudes al habitante de la casa. Recuerda lo que dije hace un momento, cada uno vive en sí mismo, acompañado de sus ideas, miradas, sentimientos y elecciones. Esto establece tanto la robustez y la belleza como la fragilidad y la confusión de una casa, dependiendo de los huéspedes que elijamos para vivir con nosotros. Quien es virtuoso, honra el compromiso que ha asumido con la propia luz, se libera de las cárceles del dolor y conquista la paz interior, el único lugar donde podremos encontrarla genuinamente».
Le pregunté cómo sucede con aquellos que no se mueven a través de las virtudes. Él respondió de inmediato: “Aquellos que no las tienen, viven en la sombría limitación entre el orgullo y el egoísmo, sangran en represalias mutuas y se deleiman en las venganzas disfrazadas bajo el falso argumento del respeto y la justicia. Se vuelven menos cuando podrían ser más.
Confunden soberbia con dignidad. El amor se aleja, la luz se apaga. Bradam por sus derechos, no siempre alineados con la Ley Mayor, viven de los impuestos que cobran. No hablo necesariamente de dinero, sino de tributos emocionales y sociales que, por insensatez o mala fe, se arran de titulares. Se creen privilegiados por los títulos, fortunas y cargos que tienen. Se comportan como acreedores de la humanidad por imaginarse por encima del mundo. No saben nada sobre el amor. No conocen el poder de la luz”.
Pregunté sobre las consecuencias asurtidas por unos y otros. Aclaró: “El egoísmo se caracteriza por la insensibilidad de quien se preocupa sólo de sus propios intereses y necesidades. El orgullo surge de la inconfesable fragilidad que se desliza en la enfermedad de crear y creer en un personaje cuya característica principal es la absurda idea de una superioridad inexistente. La arrogancia, la soberbia y la empatía son las armas utilizadas para alejar a todas las personas que ponen en peligro la debilidad oculta e inadmisible. Agreden ante la menor amenaza de que se revelen sus verdades». Arqueó los labios en una hermosa sonrisa y comentó: “Por otro lado, en las virtudes, la mirada y la acogida, ya sea sobre uno mismo, ya sea ante el otro, de diferentes maneras, construyen una forma propia de volverse luminoso e iluminar todo y a todos a su alrededor. El honesto acoge con la verdad; el gentil acoge mostrando a las personas la importancia que tienen; el generoso acoge ofreciendo lo mejor que posee; el puro acoge a través del bien; el simple acoge a través de la transparencia; el compasivo acoge con entendimiento; el manso acoge con la paz; el humilde acoge mostrando la belleza y la grandeza de quien aún no es, pero puede llegar a ser si está dispuesto a realizar el difícil, pero, fantástico, viaje de la evolución. Quien es sincero y amoroso se acoge a sí mismo con respeto y dignidad, nunca imponiendo a nadie lo que no le gustaría enfrentar». Pregunté si el Camino favorecía a algunos viajeros en detrimento de otros. El hombre me ofreció un dátil, masticó otro. Volvió a sonreír al sentir el dulce sabor de la fruta y reflexionó: “El sol sale para todos. El Camino es imparcial, acoge tanto a los buenos como a los malos, sin privilegios ni excepciones. Sin embargo, por ser justo y pedagógico, cariñoso y sabio, alimenta al jardinero con los frutos de los árboles que ha plantado, alberga al constructor en los edificios que ha levantado. Devuelve a cada persona la entrega realizada por ella. Siempre bajo el prisma de la evolución espiritual, ya que las condiciones materiales sirven solo como herramientas para los jardines y las obras. Cuanto mayor sea el poder, mayor será la responsabilidad de plantar y construir. Seremos medidos y pesados con la regla y la balanza que usamos para medir y pesar el mundo. Seremos evaluados en función del aprovechamiento de los dones, habilidades, talentos y oportunidades ofrecidos durante la travesía por el camino del tiempo. No hay queja ni arrepentimiento. Al viajero pertenece la luz conquistada a través de la verdad alcanzada, de las virtudes agregadas y del bien realizado. Nada más. Créalo, no es poco”.
Atardecía. Era hora de una reunión con los doce jefes de las tribus que constituían ese pueblo. Era necesario llamarlos la razón y recordarles la responsabilidad y el compromiso que tenían. Todos lo sabían, pero era necesario no dejar que se olvidaran. Los viejos hábitos, mientras no sean totalmente reemplazados en la mente y en el corazón por una nueva forma de pensar y sentir, continuarían como un obstáculo para el viaje hacia la tierra del renacimiento y las plenitudes. Comenté que, milenios después, muchos todavía continuarían esta travesía sin llegar al destino. El hombre negó con la cabeza en señal de resignación y dijo: “El Camino es solitario y solidario al mismo tiempo. Que cada viajero entienda la responsabilidad de sus propios pasos y el compromiso con su propia luz». Necesitaba irme, pero no sabía cómo hacerlo. Me entregó un papiro con diez leyes cósmicas. Conocía ese código sagrado. Sin embargo, nunca despertó ningún interés en mí. Era muy simple, con no más de una o dos frases para cada uno de los decretos. El hombre me advirtió que la simplicidad es poderosa porque tiene varias capas de comprensión. De la superficie al núcleo. Añadió que una comprensión más profunda de esas leyes permitía acceder a portales dimensionales de tiempo y espacio conscienzados. Hizo un gesto de despedida y se fue. Me quedé en la tienda. Lo leí y releí un sinnúmero de veces sin que pasara nada. Estaba a punto de rendirse. Fue entonces cuando me di cuenta de que la lectura literal me dejaría superficial en comprensión. Al buscar las capas más profundas de interpretación, me atrapasó un nuevo encanto ante un viejo texto hasta entonces considerado poco interesante. Así sucede con todos los textos sagrados. Poco a poco, profundicé muchas capas. En la esencia de esas palabras, encontré el portal. No ante mí, sino en mí. Seguí el viaje.
Poema Setenta y Nueve
Después de la moderación del conflicto,
Queda cierto resentimiento.
El sabio asume la mitad izquierda de la tabla,
Sin exigir nada a nadie.
Quien es virtuoso, honra el compromiso.
Los que no los tienen, viven de los impuestos.
El Tao es imparcial,
Devuelve a cada hombre según la entrega realizada.
Gentilmente traducido por Leandro Pena.
